Nicole Pillman, esplendor de un increíble don musical. Beldad artística de provocadora envidia que unida a la luz de su exótica belleza física, nos ha dejado desabrigados ante su insinuante quiebre de actitud. No sólo, por su radical cambio de look, sino por lo que dijo en una entrevista, al ser interrogada sobre si su salida de Latin American Idol obedecía a un acto de discriminación. Ella así se expresó: “¿Acaso me ven fea?. Yo me considero una chola linda y me siento bien como soy. Yo no creo que Sandra (Muente) sea más pintona que yo. Simplemente, ambas somos distintas”.
Pareciera que Nicole está orgullosa de sus orígenes, pareciera que no le importara lo que piensen los demás de su aspecto físico, pareciera, también, que no le importa, aquella desprendida y espontánea forma de algunos y algunas de mostrar un favoritismo más que evidente por Sandra Muente. Pareciera, entonces, que aquella actitud, expuesta en Latin American Idol, es la misma que tiene en suelo peruano. Sin embargo, intuimos todo lo contrario.
Y es que, interrogar “¿acaso me ven fea?”, es casi un axioma de que gente fea no podría concursar en Latin American Idol. Y que ser una “chola linda”, es mejor que ser una chola fea, entonces y, sólo entonces, me siento bien. Y decir “no creo que Sandra sea más pintona que yo”, es el titubeo de un ego poco riguroso, que la transporta al desatino de la comparación.
Nicole, es, en esa gama multirracial, una peruana atractiva. Alguien que irradia nobleza en esa sonrisa franca, aunque con notoria inseguridad ante este complejo mundo discriminante, que le hace sentir menos. Una situación que no es ajena para muchos, quienes, no sólo se sienten discriminados, sino que, siguiendo el patrón de conducta discriminante, suelen despreciar a las personas de su misma raza o condición.
No es ¿quién eres?, sino ¿quién te sientes que eres?. Y eso no obedece a vociferarlo, sino a sentirlo dentro de uno. Eso es tener actitud. Fuerza interna tan grande, como el sentirse orgulloso de nuestras raíces, de nuestra raza y del lugar de donde se procede, eso se llama identidad. De allí, que irrogarse una raza como la blanca o una cuna como la capitalina, bajo el falso entendido de que eso te da otro color y estatus, es dejar al descubierto lo falaz de tus convicciones respecto a tus orígenes. Y es que no necesitamos preguntarle a alguien de dónde viene. Nos basta contemplarlo/la segundos y, comprender así, la riqueza de sus raíces. Lo evidente, es obvio.
Abracemos sí, los cambios, sin perder la convicción de nuestros orígenes, sin perder la brújula de nuestra identidad, con la suficiente actitud para enfrentarnos a este mundo tan desigual y mirar, siempre parejo.
Pareciera que Nicole está orgullosa de sus orígenes, pareciera que no le importara lo que piensen los demás de su aspecto físico, pareciera, también, que no le importa, aquella desprendida y espontánea forma de algunos y algunas de mostrar un favoritismo más que evidente por Sandra Muente. Pareciera, entonces, que aquella actitud, expuesta en Latin American Idol, es la misma que tiene en suelo peruano. Sin embargo, intuimos todo lo contrario.
Y es que, interrogar “¿acaso me ven fea?”, es casi un axioma de que gente fea no podría concursar en Latin American Idol. Y que ser una “chola linda”, es mejor que ser una chola fea, entonces y, sólo entonces, me siento bien. Y decir “no creo que Sandra sea más pintona que yo”, es el titubeo de un ego poco riguroso, que la transporta al desatino de la comparación.
Nicole, es, en esa gama multirracial, una peruana atractiva. Alguien que irradia nobleza en esa sonrisa franca, aunque con notoria inseguridad ante este complejo mundo discriminante, que le hace sentir menos. Una situación que no es ajena para muchos, quienes, no sólo se sienten discriminados, sino que, siguiendo el patrón de conducta discriminante, suelen despreciar a las personas de su misma raza o condición.
No es ¿quién eres?, sino ¿quién te sientes que eres?. Y eso no obedece a vociferarlo, sino a sentirlo dentro de uno. Eso es tener actitud. Fuerza interna tan grande, como el sentirse orgulloso de nuestras raíces, de nuestra raza y del lugar de donde se procede, eso se llama identidad. De allí, que irrogarse una raza como la blanca o una cuna como la capitalina, bajo el falso entendido de que eso te da otro color y estatus, es dejar al descubierto lo falaz de tus convicciones respecto a tus orígenes. Y es que no necesitamos preguntarle a alguien de dónde viene. Nos basta contemplarlo/la segundos y, comprender así, la riqueza de sus raíces. Lo evidente, es obvio.
Abracemos sí, los cambios, sin perder la convicción de nuestros orígenes, sin perder la brújula de nuestra identidad, con la suficiente actitud para enfrentarnos a este mundo tan desigual y mirar, siempre parejo.
